Al día siguiente actuaba Joaquín Sabina en un local situado a las afueras de la ciudad: Patricia tenía un compromiso familiar y yo deseaba fervientemente asistir a aquel recital. Aunque por entonces se estilaban más los grupos musicales de nombres estrambóticos, como Marta y su Nuevo Gobierno, Tapones Visente, Valores en Alza, Cacao pal Mono o Cómo Huele, lo cierto es que a mí me gustaba mucho más Joaquín Sabina.
No tenía quien me acompañara. Pero (ya saben), in illo tempore tenía la suerte de cara. El mismo viernes por la tarde, en la cafetería de la Facultad, vi a Alicia, una compañera de clase, sentada a una mesa tomando un café. Me acerqué a ella con un donut en la mano y la abordé en estos términos.
-Hola, ¿puedo sentarme?
La chica alzó la vista y soltó una estruendosa carcajada. Cualquier palabra que yo pronunciase producía de inmediato un efecto hilarante en Alicia. Siempre era igual.
-¿Qué prefieres? -dije-, que me siente a tu derecha o a tu izquierda.
Alicia comenzó a revolcarse de risa. Intenté poner remedio, pero fue inútil. Cada palabra pronunciada por mí devenía en un estruendo jacarandoso.
-Me parto de risa contigo, Carlos -dijo, al fin, un poco más serena, pero sin borrar la sonrisa de los labios.
-¿No me digas?
-Sí, es que eres así..., tan serio, no sé, y luego dices unas cosas graciosísimas. ¿Mira qué preguntarme dónde quiero que te sientes?
Dije algo (supongo) y observé sus manos blancas, con los dedos largos desnudos de sortijas y las uñas cortas y sin pintar. Alicia era de un rubio apagado, tenía los ojos claros y la piel muy blanca y pecosa. Vestía de forma estrafalaria. En aquella loca década de los ochenta podía haber pasado por una "posmoderna" de ésas. [...]
En el recital cantamos y bailamos al son de Princesa y Círculos viciosos mientras bebíamos cerveza en vasos de plástico... Alicia se movía al son de las canciones y me miraba con una mezcla de sorpresa y entusiasmo al oírme entonar todas las canciones del cantautor jiennense.
-¿Te las sabes todas?
-Más o menos
-Yo sé tocar la guitarra. Podríamos formar un dúo.
-No es mala idea.
Me imaginaba la estampa: ella, con su cara pecosa y aquel vestido rojo de terciopelo, reconversión de un antiguo traje de etiqueta, parecería una new romantic de aquellos años, y yo, con mi pelo rizado, semejaría a Garfunkel o, peor aún, al de las gafas de concha de Los Amaya.
Así se lo hice saber a Alicia, que, naturalmente, se tronchó de risa.
Fragmento de Estudios superiores, ed. Centro Tomás y Valiente, Valencia, 2002, pág. 37
En homenaje a Mar y Lorena, que, como el personaje de la novela, también fueron a ver a Joaquín Sabina.